Por: Angela Valverde Ortiz – Comunicadora Social
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Estamos alrededor del año 130 d.C. Roma se encuentra en todo su esplendor bajo el gobierno del emperador Adriano. Los ingenieros, albañiles y escultores que pasan sus días construyendo templos y esculpiendo infinidad de estatuas de Antínoo se relajan al final de la tarde en las termas. Envueltos en vapor, discuten sobre política y el día a día en un perfecto latín vulgar.
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¿Se imaginan si algún viajero del tiempo llegara y les dijera que, casi dos mil años después, el mundo entero se paralizaría para ver un espectáculo de «identidad latina» en el Super Tazón de 2026?
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Probablemente, pensarían que han bebido demasiado mulsum. Sin embargo, hay un hilo conductor entre estos ciudadanos romanos y el continente americano. Más que hilo, una madeja que se devana dando vueltas, se une a otras y se enreda con facilidad: la de la historia de un idioma, el latín.

Origen de una Lengua Madre
El latín se originó en el S. VIII a.C. al sur del río Tíber, entre los montes Apeninos y el mar Tirreno. Era el idioma de una pequeña región llamada Lacio (Lazio en italiano, Latium en latín), en el centro de la península itálica, hablado por familias de agricultores y pastores. Allí, en el año 753 a.C., fue fundada la ciudad de Roma.
Esta lengua se convirtió en el idioma oficial de la República romana (509-27 a.C.), aunque no era el único, y tenía una particularidad: existían dos variaciones claras, el latín culto y el latín vulgar (de vulgus, que significa «pueblo»).
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- El latín culto: hablado por la élite, el Senado y los literatos. Es el que ahora podemos encontrar en la mayoría de los monumentos que, en su momento, fueron estructuras gubernamentales.
- El latín vulgar: que usaban en sus conversaciones los soldados, comerciantes, trabajadores y personas de a pie. Al ser mucho más flexible y cotidiano, se mezclaba fácilmente y era aprendido por hablantes de otros idiomas como lengua franca.

Las lenguas romances
A partir del año 27 a.C., con la toma de poder del emperador Augusto, empieza la expansión de Roma hacia el norte de Europa y Asia. La variación popular, el latín vulgar, viajó con los colonizadores y encontró vastas poblaciones que se comunicaban en otros idiomas.
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Fueron estos pueblos nativos los que dotaron al latín de nuevos colores y texturas, dando origen a las lenguas romances: español, portugués, francés, italiano y rumano. Tras siglos de intercambio con otras culturas e idiomas, estas lenguas sufrieron variaciones, préstamos y ajustes. El español, por ejemplo, hizo propios fonemas, consonantes y expresiones del euskera, el gallego, el catalán y el árabe; y, llegado a América del modo que ya conocemos, generó diferentes variedades lingüísticas al entrar en contacto con las lenguas originarias del territorio.
El «marketing» de Napoleón III
Hasta aquí tenemos claro que la raíz lingüística de quienes hablamos español, portugués, francés, rumano e italiano es el latín. Sin embargo, la etiqueta “América Latina” no nació en Lacio, sino en París. A mediados del siglo XIX, Francia, bajo el mando de Napoleón III, buscaba un “motivo histórico” para legitimar la extensión de su influencia en el continente americano (lo que derivó, por ejemplo, en las “intervenciones” de este país en México, en 1839 y 1861).
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La idea era simple: si compartíamos una herencia latina (lenguas romances y catolicismo), Francia vendría a ser nuestra «hermana mayor» y aliada natural ante el avance de la “América anglosajona”. La estrategia, claramente paternalista, no tuvo los resultados esperados, pero el concepto quedó servido y disponible para posteriores reinterpretaciones.

Reinvención de la etiqueta
En 1856, el intelectual chileno Francisco Bilbao, imbuido de una francofilia dominante en los círculos artísticos y académicos, apadrinó el término «Latinoamérica» en una conferencia en París. Pero su entusiasmo duró poco. En 1863, al ver cómo el colonialismo francés pisoteaba la soberanía de México, Bilbao renegó del término que él mismo había ayudado a difundir.
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Otros pensadores, como el colombiano José María Torres Caicedo, mantuvieron la idea con un enfoque distinto. En un momento en que Estados Unidos avanzaba con la doctrina del Destino Manifiesto —que justificaba la invasión de territorios con finalidad “protectora” desde una posición de superioridad—, el nombre «América Latina» se convirtió en un manifiesto de autonomía.
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En su poema Las dos Américas, Torres Caicedo expone la situación política y social del continente en el siglo XIX y aboga por la unión de las naciones de América del Sur para defenderse de la influencia estadounidense. De este modo, con los años y el uso, América Latina pasó a convertirse en el sello de identidad trasnacional de una comunidad con una herencia espiritual y cultural propias, que buscaba proteger su independencia frente al coloso del norte.

Inicio de los estereotipos en el cine mudo: greasers y latin lovers
A principios del siglo XX, la identidad «latina» en el imaginario anglosajón se bifurcó en dos figuras que eran las dos caras de una misma moneda:
- El «greaser» (villano): en el cine mudo, el latino (especialmente el mexicano) era retratado como el bandido traicionero y violento. El término, originalmente despectivo, servía para justificar el miedo y la segregación en la frontera.
- El «Latin Lover» (ideal de deseo): casi en paralelo, surgió la figura del seductor exótico, sofisticado y peligroso. Rodolfo Valentino (que aunque era italiano, cimentó el arquetipo en la película muda Sangre y Arena, de 1922) enseñó al mundo que «lo latino» era sinónimo de una pasión desbordada que el hombre anglosajón no poseía.
Esta dualidad cambió radicalmente en los años 40 con la «Política de Buena Vecindad» impulsada por Roosevelt. Ante la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. necesitaba aliados en el sur, no enemigos. Debido a esto, Hollywood empezó a suavizar la imagen. El «villano sucio» desapareció para dar paso a una identidad colorida, musical y «amistosa». Fue aquí donde la exuberancia de Carmen Miranda —con su sombrero de frutas y su alegría inofensiva— se convirtió en la nueva embajadora de una latinidad de exportación, diseñada para no para incomodar.

Una denominación para la comunidad migrante en los Estados Unidos
Pasó un siglo desde la aparición del término unificador y muchas olas migratorias, desde Europa o Asia, o de Hispanoamérica hacia Estados Unidos y Canadá, cambiaron la composición demográfica del continente americano. Así, durante los años 70, el gobierno de los Estados Unidos se encontró con un problema logístico: ¿Cómo clasificar a millones de personas que venían del sur pero que no encajaban en las categorías raciales tradicionales?
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Fue el 12 de mayo de 1977, durante el gobierno de Jimmy Carter, cuando la Oficina de Administración y Presupuesto (OMB) emitió la Directiva de Política Estadística No. 15. Esta norma estableció los primeros estándares federales para clasificar datos de raza y etnia.
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Sin embargo, hay un matiz importante: en ese momento no se hablaba de «latinos». La directiva creó la categoría técnica «De origen hispano» como una opción independiente de la raza. El objetivo era cumplir con las leyes de derechos civiles de los años 60, pero la etiqueta era limitada y centrada en el idioma. No fue sino hasta décadas después, en la revisión de 1997, cuando el término «Latino» se añadió oficialmente para reconocer que la identidad iba más allá de hablar español.
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En el documento publicado en el Registro Federal el 30 de octubre de 1997, podemos encontrar esta definición:
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«Hispanic or Latino: A person of Cuban, Mexican, Puerto Rican, South or Central American, or other Spanish culture or origin, regardless of race. The term, ‘Spanish origin,’ can be used in addition to ‘Hispanic or Latino’.»
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En español, la traducción oficial que adoptó la Oficina del Censo es:
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«Hispano o Latino: Una persona de origen cubano, mexicano, puertorriqueño, sudamericano o centroamericano, o de otra cultura u origen español, independientemente de la raza. El término ‘origen español’ puede ser utilizado además de ‘Hispano o Latino’.»
De “grupo multicultural” a “target” regional
Una vez consolidada esta identidad legal, fue fácil convertirla también en público objetivo (target) de diferentes estrategias de mercado: un bloque para sumar votos y, sobre todo, para vender publicidad masiva.
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En los años 80 esto explotó. Fue la década del «hype» con una estética marcada por el Caribe. No podemos olvidar la enorme influencia de la comunidad cubana en Miami, que se convirtió en la cara visible del éxito en Estados Unidos. ¿Recuerdan, por ejemplo, a Gloria Estefan junto a la Miami Sound Machine?
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Gloria personificó ese «Sueño Americano» donde, con sabor y esfuerzo, cualquiera podía triunfar. Esta influencia fue tan poderosa que, para el mundo anglosajón, «ser latino» se convirtió en sinónimo de costa y mar cristalino, invisibilizando la diversidad de las montañas, las pampas, los océanos o las selvas, que no encajaban – ni encajan – en ese estándar de palmeras, agua de coco y radiante luz solar.
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Al mismo tiempo, mientras el pop brillaba y el merengue se adueñaba de las discotecas, muchos migrantes vivían en exclusión. Tras bambalinas, el «Sueño Americano» seguía siendo difícil de alcanzar. Se vendía una identidad de éxito, pero se ignoraba el sudor de quienes sostenían esa misma economía desde los trabajos más precarizados. El mercado abrazaba el ritmo, pero la sociedad, a menudo, rechazaba al migrante. Esta desconexión entre la «marca latina» y la «vida latina» invisibilizó, intencionadamente, procesos políticos discriminatorios y colonizadores que ocurrían en paralelo.
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El Plan Cóndor, las agroexportadoras y las empresas extractivas también jugaron fichas en la partida, pero hablar de ello sería salirnos del tema identitario que pretende abordar esta publicación. No obstante, es fundamental recordar que nuestra madeja de hilos multicolor no solo está hecha de algodón y colores vivos, sino también de nudos que aprietan y dejan cicatrices.
El “doblaje latino” (y lo que nos interesa a los otakus)
Después de este viaje que empezó en el vapor de las termas romanas, pasó por las intrigas imperiales de Francia y terminó en las planillas estadísticas de un censo estadounidense, es normal que nos sintamos un poco perdidos. Y quizás el glosario que viene a continuación no es lo más recomendable para descansar de tanta información, pero lo considero necesario antes de pasar al final:
- Hispanoamericano: país de América donde el español es la lengua oficial. Habitante de alguno de estos países.
- Iberoamericano: países de América colonizados por naciones de la Península Ibérica (España y Portugal). Es el término que nos permite sentar en la misma mesa a Brasil.
- Latinoamericano: es el paraguas más grande y diverso. Incluye a todos los países del continente en los que se hablan lenguas romances (español, portugués y francés) y a sus habitantes. Este concepto incluye a la Guayana Francesa y Haití.
Aclarado esto, quisiera aterrizar, y así justificar este enorme texto en Mamá Otaku, hablando del «doblaje latino». Solemos llamar así a los productos audiovisuales en español americano, que no existe en la realidad de nuestras culturas y acentos, pero sí es un destacable esfuerzo, unas veces exitoso y otras no tanto, de estandarizar una forma de hablar para que sea comprensible al público de cada país de Hispanoamérica.
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Pero, si me pongo quisquillosa (como siempre), debo decir que la denominación “doblaje latino” incluye también al francés y el portugués. Sería correcto, por lo tanto, hablar de «español latino» o «español de Latinoamérica» cuando buscamos alternativas al idioma original, o conversamos acerca del trabajo de nuestros reconocibles y muy queridos actores y actrices de voz.
Lo que sentimos
Desde los años 90 hasta nuestros días, la “latinidad” ha ido evolucionando, en gran medida según las pautas establecidas por el mundo del espectáculo, cada vez más centralizado en regiones en vez de países, con estudios de grabación de telenovelas en Miami o cantantes sudamericanos que dieron “el salto” internacional gracias a discos en inglés. En algún momento, figuras españolas de la música integraron este grupo, ampliando los límites del territorio; de esta guisa fue también la popularización de artistas italianos que cantaban en español.
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Esta transnacionalización también se manifestó, aunque de manera más integradora, en tratados de libre tránsito y comercio, movimientos ideológicos y el fortalecimiento de redes de comunicación, que se beneficiaron del Internet para ampliar el acceso a la información. El boom de las redes sociales, desde la segunda década del siglo XXI, contribuyó también a que los ciudadanos hispanohablantes de distintas partes del continente alcanzaran niveles de comunicación interpersonal nunca antes vistos, ni imaginados, fortaleciendo la idea colectiva de una identidad común latinoamericana.
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Es cierto que, a veces, la palabra nos queda apretada. Yo misma, siendo peruana, me reconozco y me siento mucho más andina que latina. Mi cosmovisión, mi relación con la tierra y mis raíces tienen capas que la etiqueta caribeña del mainstream no alcanza a cubrir. Y sé que lo mismo le pasa a quien se siente profundamente amazónico, rioplatense o maya.
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Pero la mayoría de nosotros expresamos nuestra alegría y lloramos nuestras penas en lenguas romances. Digo la mayoría, porque las personas de los pueblos originarios, aunque sean bilingües, se emocionan en quechua, aimara, ashaninka o el idioma en que escucharon cantar a sus madres cuando eran bebés. A fin de cuentas, los habitantes de Latinoamérica hemos impregnado con nuestro espíritu esta identidad, que aglutina sin invisibilizar la diversidad.
Información adicional e imágenes:
La conceptualización del término «América Latina» es atribuida originalmente al ingeniero y economista francés Michel Chevalier. Tal como señala el investigador Rubén Torres Martínez (2016), este concepto no surgió como una simple etiqueta geográfica, sino como una herramienta dentro de una compleja estrategia geopolítica.
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Durante el gobierno de Napoleón III, Chevalier publicó el libro Des intérêts matériels en France, donde enfatiza la importancia de crear una «América Latina» que sirviera de contrapeso al, hasta entonces, muy aceptado y difundido término de «América hispánica». Este último había sido usado desde el momento mismo de la colonización del nuevo continente hasta prácticamente mediados del siglo XIX.
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La introducción de esta nueva terminología buscaba cumplir dos objetivos estratégicos principales:
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Durante el gobierno de Napoleón III, Chevalier publicó el libro Des intérêts matériels en France, donde enfatiza la importancia de crear una «América Latina» que sirviera de contrapeso al, hasta entonces, muy aceptado y difundido término de «América hispánica». Este último había sido usado desde el momento mismo de la colonización del nuevo continente hasta prácticamente mediados del siglo XIX.
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La introducción de esta nueva terminología buscaba cumplir dos objetivos estratégicos principales:
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- Frenar el Panamericanismo: se buscaba contrarrestar la influencia de los Estados Unidos y su doctrina Monroe, la cual calificaba cualquier intervención europea en el continente como una amenaza para Washington y buscaba ampliar la hegemonía del país del norte sobre las antiguas colonias españolas.
- Justificar el Panlatinismo: al agrupar a las naciones bajo la identidad «latina», Francia (considerada la líder natural de las naciones de raíz latina) justificaba su derecho a intervenir en los asuntos americanos, legitimando acciones como la posterior intervención francesa en México.
En este sentido, la «invención» de América Latina permitió a Francia proponer una unidad cultural y lingüística que excluía a los anglosajones y posicionaba a París como el nuevo eje civilizador del continente (Torres Martínez, 2016).
Buena vecindad en tecnicolor
La talentosa y bella Carmen Miranda fue una actriz y cantante de samba que, hacia 1940, irrumpió en Hollywood y abrió las puertas a otros artistas brasileños. Sin embargo, su éxito tuvo un precio cultural. La «maquinaria de los sueños» estadounidense aprovechó su inconfundible presencia para moldear una versión exportable de la «latinidad»: una mujer exuberante con frutas tropicales en la cabeza, cuya imagen fusionaba de forma genérica lo brasileño, lo cubano y lo mexicano en un solo producto de consumo masivo..
Esta estrategia no fue casual. Formó parte de la «Política de Buena Vecindad» impulsada por los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. El objetivo era asegurar alianzas en el sur y contrarrestar la influencia del Eje, utilizando el cine como la principal herramienta de propaganda cultural.
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En su libro Carmen Miranda foi a Washington (Editorial Record, 1999), la periodista Ana Rita Mendonça analiza cómo la imagen de la artista fue «estilizada» para encajar en el mercado estadounidense. Miranda se convirtió así en un híbrido de varias culturas latinoamericanas que no representaban fielmente a Brasil, sino a una idea preconcebida y simplificada de lo que el público anglosajón esperaba del «sur».
Donald y el «soft power» de Disney
Es la misma simplificación que veríamos poco después en producciones como Los Tres Caballeros (1944), de Disney. Esta obra no nació únicamente de la creatividad del estudio, sino que fue el resultado directo de una gira de diplomacia cultural financiada por el gobierno estadounidense..
Como bien documenta el filme biográfico Walt & El Grupo (2008), Disney y un equipo de dieciséis artistas (apodado ‘El Grupo’) viajaron por Sudamérica en 1941 bajo el patrocinio de la Oficina del Coordinador de Asuntos Interamericanos (OCIAA), dirigida por Nelson Rockefeller.
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El objetivo estratégico era asegurar la lealtad de las naciones del sur durante la Segunda Guerra Mundial frente a la influencia del Eje.
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Eso sí: la animación es maravillosa y técnicamente revolucionaria para su época, lo que ayudó a que estos mensajes de «hermandad» bajo la tutela de Washington calaran profundamente en el imaginario colectivo.
De la fiesta multicultural al banquillo de los acusados
Una vez que el cine de Disney y las rumbas de los años 40 cumplieron su función diplomática, el cine estadounidense de los 60 y 70 volvió a posicionar al latino bajo un nuevo estigma: el delincuente de alto nivel que constituía un verdadero peligro urbano.
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Esta criminalización sistemática mutó de los antiguos bandidos del desierto a las pandillas de West Side Story y, finalmente, a los barones de la droga que inundaron las pantallas en los años 80. La industria no buscaba entender la complejidad de la ya enorme comunidad migrante, sino utilizarla para justificar el control social y la naciente «Guerra contra las Drogas».
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Esta criminalización sistemática mutó de los antiguos bandidos del desierto a las pandillas de West Side Story y, finalmente, a los barones de la droga que inundaron las pantallas en los años 80. La industria no buscaba entender la complejidad de la ya enorme comunidad migrante, sino utilizarla para justificar el control social y la naciente «Guerra contra las Drogas».
El villano repotenciado
En este fotograma de Scarface (Brian de Palma, 1983) se muestra a Al Pacino interpretando a Tony Montana, un migrante cubano llegadoa EE. UU. durante el éxodo de El Mariel, ocurrido en 1980.

Aunque la película es un clásico del cine, la figura de Montana consolidó un estereotipo global devastador: el del migrante latino que solo puede alcanzar el «Sueño Americano» a través de la violencia y el narcotráfico. Esta imagen borró décadas de diplomacia cultura, reemplazando las frutas de Carmen Miranda por la cocaína de Miami en el imaginario colectivo angloamericano.
Nostalgia, pop y Guerra Fría
En los 80, mientras el pop anglosajón se convertía en el sonido global, los artistas cubanos en el exilio encontraron en la música mucho más que un producto de exportación. Liderados por figuras como Gloria y Emilio Estefan, utilizaron el ritmo como un vehículo de nostalgia y pertenencia..
Este movimiento encontró un terreno fértil en los intereses de Washington. A los Estados Unidos le convenía fortalecer y hacer visible la identidad de los exiliados para posicionar y justificar sus intervenciones bajo la narrativa de la «defensa de la libertad». La industria cultural de Miami funcionaba así como un escaparate de prosperidad frente al modelo de la Isla, siendo una pieza clave de la Guerra Fría.
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Sin embargo, esta cara amable de la latinidad tenía un reverso oscuro. En 2026, nadie puede negar que, durante la segunda mitad del siglo XX, el gobierno estadounidense apoyó y financió regímenes genocidas y dictaduras militares en el resto del continente americano a través de estrategias como el Plan Cóndor, que dejaron cicatrices profundas en la memoria de nuestros pueblos.
El «Crossover»: ingeniería cultural y la explosión del pop
Hacia finales de los 90, la industria que se había consolidado en Miami dio un brillante giro gracias a una cuidadosa estrategia de mercado conocida como el «Crossover». El punto de inflexión ocurrió en la 41ª edición de los premios Grammy (1999), cuando la actuación de Ricky Martin (en la imagen) con «The Cup of Life» fue catalogada por la prensa especializada (como las revistas Time y Rolling Stone) como el inicio de la «Latin Explosion»..
Bajo la dirección de ejecutivos como Tommy Mottola (entonces jefe de Sony Music) y la tutoría de Gloria Estefan, artistas como Shakira emprendieron un proceso de reinvención para conquistar el mercado anglosajón. Esta «ingeniería cultural» implicaba traducir no solo las letras, sino también la estética: para que el público global consumiera «lo latino», se diseñó un producto bilingüe, vibrante y visualmente impecable.
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Era una identidad con «glow up» que, si bien nos dio una visibilidad sin precedentes en el prime time estadounidense, también funcionó como una nueva simplificación. El éxito del «Crossover» exigía que lo latino fuera sinónimo de una alegría exótica y bailable, dejando fuera —una vez más— las texturas más ásperas y las realidades menos comerciales de nuestro continente que no encajaban en el estándar del pop global.
Latin Rhythm: el mestizaje afro-urbano toma el control
Si el pop de los 2000 buscó el éxito a través del crossover y la traducción, el género urbano —con el reggaetón como punta de lanza— impuso una nueva regla de juego: la conquista del mundo hablando exclusivamente en español (o spanglish). Figuras como Daddy Yankee (en la imagen) fueron fundamentales en esta transición; él no solo llevó el ritmo del barrio a las listas globales, sino que demostró que no era necesario «traducirse» para dominar el mercado..
Nacido en los sectores populares de Puerto Rico y alimentado por el reggae de Panamá, este género representa la «latinidad de la calle», pero va aún más lejos: el híbrido se nutrió del encuentro entre la cultura afrocaribeña y la experiencia del migrante retornado. Es un lenguaje vivo que, de forma similar a otros fenómenos sociales de la diáspora, muestra la fuerza del intercambio cultural entre el norte y el sur.
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Este movimiento, liderado por el «Big Boss», puso en primera plana el mestizaje de lo urbano y lo excluido, obligando al mercado global a adaptarse al ritmo de la periferia sin necesidad de filtros idiomáticos. Sin embargo, es también evidente que el éxito masivo ha traído una nueva tendencia a homogeneizar: la industria ha terminado por relacionar lo latino casi exclusivamente con este patrón rítmico, invisibilizando géneros, historias y voces que no encajan en la fórmula comercial del éxito urbano.
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La uniformización no solo llega a los oídos, sino también al movimiento…
Cuerpos en serie: el código del videoclip
El éxito global del género urbano ha impuesto un código corporal específico —el perreo y la estética del videoclip de alto presupuesto— que, aunque sea vibrante y adictivo, tiende a opacar la diversidad de formas en las que el cuerpo latinoamericano se expresa. La imagen (un fotograma del video «Rompe» de Daddy Yankee) resume esa actitud amenazante y poderosa que definió una era, pero que también estandarizó nuestra gestualidad ante el mundo..
Cuando el mercado decide que «bailar como latino» es una coreografía de discoteca, silenciamos la postura erguida de una cueca, el zapateo que hace vibrar la tierra, la elegancia de la marinera o la ritualidad y alegría enérgica de los bailes andinos.
Latinoamérica: una identidad multicultural
En 2011, como una de las libertades que la música urbana se permite, surgió «Latinoamérica» de Calle 13, el retrato de una región compleja que se atreve a mirarse al espejo sin «glow up». Bajo la dirección de Jorge Carmona y Milovan Radovic, el video se aleja de los estudios para buscar la verdad en el polvo y la altura..
Con paisajes y rostros de Perú, Argentina, Brasil, Uruguay y Puerto Rico, y las voces de tres mujeres profundamente comprometidas con sus pueblos —Susana Baca (Perú), Totó la Momposina (Colombia) y Maria Rita (Brasil)— nuestra «madeja de hilos» deja de ser una teoría geopolítica para convertirse en poesía y símbolo de resistencia e identidad.
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Es cierto que, entre 2010 y 2015, Calle 13 se alineó con la marea ideológica de la época. En esos años, las figuras de Lula y, en especial, la de José «Pepe» Mujica, invitaban a creer en los sueños de una patria grande y un nuevo socialismo latinoamericano; proyectos que, si bien en algunos frentes buscaron la integración, en otros (como el caso de Venezuela) terminaron en un rotundo fracaso. Sin embargo, más allá de la política partidaria y sus desencantos, la sensibilidad de esta obra fue un suceso cultural: atrajo a cientos de identidades que no se sentían representadas por el estándar comercial del reggaetón ni por las etiquetas de exportación de Hollywood.
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La latinidad volvió a ser diversidad.
Fuentes recomendadas:
Historia y Geopolítica del término «Latino»:
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- Ardao, Arturo (1980). Génesis de la idea y el nombre de América Latina. Caracas: Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. (Para entender el papel de Bilbao y Torres Caicedo).
- Mignolo, Walter (2007). La idea de América Latina: La herida colonial y la opción decolonial. Barcelona: Gedisa.
- Bethell, Leslie (2010). «Brazil and ‘Latin America'». Journal of Latin American Studies. (Explica la compleja relación de Brasil con la etiqueta latina).
- Torres Martínez, R. (2016). Sobre el concepto de América Latina: ¿invención francesa? Estudios Latinoamericanos, (38), 49-65. Disponible en: https://journals.openedition.org/etudesromanes/5141
Cine, estereotipos y «Buena Vecindad»:
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- Mendonça, Ana Rita (1999). Carmen Miranda foi a Washington. Río de Janeiro: Editorial Record. (La fuente citada en el álbum sobre la construcción de la identidad de exportación).
- Kaufman, Burton I. (1976). «The United States and the ‘Good Neighbor Policy'». The Journal of American History.
- Pineda, Adela (2021). The Mexican Revolution on the World Stage: Intellectuals and Film in the Twentieth Century. (Analiza la figura del «greaser» y el villano mexicano).
Datos oficiales y censo (EE. UU.):
- U.S. Census Bureau. «About the Hispanic Population and its Origin». Disponible en census.gov. (Aquí pueden ver las directivas de 1977 y 1997).
- Mora, G. Cristina (2014). Making Hispanics: How Activists, Bureaucrats, and Media Constructed a New American. University of Chicago Press. (Un análisis sobre cómo se negoció la etiqueta en los 70).
Música y Cultura Pop:
- Cepeda, María Elena (2010). Musical ImagiNation: U.S. «Latin Explosion» and the Logistics of Latinidad. New York University Press. (Sobre el fenómeno de Ricky Martin, Shakira y la ingeniería del «Crossover»).
- Rivera, Raquel Z. (2003). New York Ricans from the Hip Hop Zone. (Para entender las raíces del reggaetón y el intercambio norte-sur).
- Negrón-Muntaner, Frances (2004). Boricua Pop: Puerto Ricans and the Latinization of American Culture. (Sobre la influencia de la diáspora en la identidad visual y musical).